Matar a un ruiseñor

In Expansión by Víctor Sunkel MenaLeave a Comment

En 1960, la escritora estadounidense Harper Lee escribió la novela ganadora del premio Pulitzer Matar a un ruiseñor, la cual, desde entonces, se convirtió en uno de los grandes clásicos de la literatura. 

La novela fue adaptada al cine en 1962 de la mano del productor Alan J. Pakula, contando como estrella y actor principal a Gregory Peck, quien ese mismo año ganaría el Oscar al mejor actor.

Dejando al margen algunas circunstancias que no pueden ni deben aplicarse al caso -la falsa acusación por agresión sexual de un hombre negro a una mujer blanca en una población sureña-, merece la pena rescatar en estos días de convulsión mediática y social al socaire del caso de la Manada la figura del abogado defensor Atticus Finch, magistralmente encarnado por Gregory Peck.

En el filme, Finch, que resulta ser el ciudadano más respetado del pueblo, acepta voluntariamente asumir la dificilísima tarea de defender al hombre negro acusado de violación en una localidad del sur de Estados Unidos arrasada por la Gran Depresión. Y lo hace con la vehemente y agresiva oposición de toda la comunidad, de sus vecinos, amigos e, incluso, algún compañero de profesión.

Según varios estudios publicados, el personaje de Atticus Finch no sólo sigue siendo percibido, generación tras generación, como uno de los más queridos de la historia, sino como el que, además, ha inspirado e inspira a muchos jóvenes a dedicarse a la nada fácil, y muchas veces frustrante, profesión de abogado penalista.

El caso de la Manada ha vuelto a poner en tela de juicio no solamente al sistema judicial español -colocando en la diana de las redes sociales al magistrado que osó emitir un voto particular absolutorio-, sino que desgraciada y sorprendentemente también ha venido a poner en solfa la tarea de los letrados que tuvieron la intrepidez de decidir defender los intereses de los cinco acusados.

En efecto, no están siendo pocas las voces fuera y dentro de los medios de comunicación o de las redes sociales que critican de manera furibunda la labor de los dos abogados que llevaron, y aún hoy llevan, el peso de contrarrestar los cargos de los que han sido de momento condenados los cinco integrantes de la Manada. Y así, últimamente se ha podido escuchar cómo eran injustamente tildados de machistas o, incluso, amparadores de violadores.

Lo que esas mismas voces parecen querer olvidar es que, en realidad, ninguno de ellos es un machista recalcitrante (y mucho menos un amigo de los violadores), sino que, en el ejercicio de su profesión, el cometido de ambos letrados -y el de cualquier abogado- es el de procurar a su defendido la mejor de las defensas posibles con el objetivo de lograr una absolución o, en último término, una menor condena.

El ataque a la labor letrada en este, o en cualquier otro caso, resulta por tanto particularmente odioso, pues supone el intento por dinamitar y socavar el fundamental derecho de defensa que asiste a toda persona encausada en un proceso penal.

Hasta donde alcanza mi memoria, nunca escuché crítica alguna a los abogados y abogadas que defendieron los intereses de los terroristas de la ya disuelta ETA; ni los que lo hicieron con los acusados de los atentados del 11M u otros posteriores. ¿Eran acaso aquellos abogados peligrosos terroristas? ¿Compartían sus objetivos y/o creencias sólo por el mero hecho de defenderles en sus pleitos? La respuesta es obvia. Entonces ¿Porqué en este caso no lo es tanto?

Pude presenciar con pesimismo esta misma semana como, entre grandes aplausos y alharacas del público presente en el plató, una conocida periodista interpelaba a uno de los abogados defensores de la Manada, espetándole con irritación: “¿Defendería de la misma forma el caso si hubiera sido su hija la víctima de la Manada?”

En Matar a un ruiseñor, Atticus Finch obtenía como única victoria la eterna admiración de sus hijos, y especialmente de su hija Scout, por la valentía y arrojo que había desplegado su padre como abogado defensor durante el juicio al negro acusado de violación.

Y aunque estoy seguro que los hijos de mis dos compañeros también lo estarán de sus respectivos padres, no estaría de más recordar que algunos más también lo estamos y reconocer que su, a veces ingrata pero importantísima tarea, resulta capital para mantener íntegro nuestro estado democrático de derecho.

Víctor Sunkel
Abogado penalista

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